Sin duda nos encontramos ante una de las operaciones de laboratorio
más antiguas de la humanidad, el baño María,
que asimismo se usa hoy de forma asidua en la industria o en la cocina.
Si hacemos caso a los diccionarios al uso, con esta expresión
puede entenderse lo mismo el procedimiento mediante el cual se con-sigue
calentar de forma suave y uniforme una sustancia, que al recipiente
que se expone a la fuente de calor conteniendo el agua del baño
y el otro recipiente de menor tamaño con la materia que se
desea calentar indi-recta y uniformemente.
Operación o aparato, la expresión baño María
parece proceder del latín bajomedieval balneum Mariae, a donde
tal vez se llegaría a través del francés bain-marie.
De lo que no parece haber duda es en atribuir a cierta María,
conocida desde la antigüedad con el apelativo de Judía
o Hebrea, del invento de este sistema de calen-tamiento uniforme de
productos. Vamos pues a tratar de dar a conocer a esta María
que se halla rodeada del lógico halo de misterio y de mito
asociado siempre a los orígenes de la alquimia.
Datos biográficos
Muy poco es lo que se conoce de María la Judía,
su origen parece perderse en el origen de los tiempos, especulándose
con la tradición de que era Miriam, la hermana de Moisés
y del profeta Aarón. En el Antiguo Testamento se dice que Miriam
y Aarón murmuraron a causa de la mujer etíope que había
tomado su herma-no, y Jehová como castigo expulsó a Miriam
del Tabernáculo volviéndola “leprosa como la nieve”,
aunque fue sanada en siete días. (Libro de los Números,
12).
Otros la identifican con cierta María alquimista
que inició a Zósimo de Panópolis, quien precisamente
constituye la principal fuente de información de la descubridora
del baño María. Tampoco parece clara esta asignación
toda vez que cuando se ocupa de ella el propio Zósimo, nacido
en la ciudad de su sobrenombre en el alto Egipto hacia el final del
siglo III de nuestra era, la cita siempre en pasado, venerándola
entre los que llama “sabios antiguos”, un exclusivo grupo
en el que figuran Demócrito, Moisés, Ostanes, Hermes,
Isis, Chymes, Agathodaemon, Pibechios, Iamblichus..., nombres míticos
con más o menos de existencia real, que buscaban dar una mayor
relevancia al contenido de los textos que encabezaban.
El historiador de la alquimia F. Sherwood Taylor, comenta que “uno
de ellos, María la Judía, parece corres-ponder, en efecto,
a una persona de carne y hueso y una gran descubridora de la ciencia
práctica”. Esta idea de María como persona física
real es la que actualmente está más extendida entre los
estudiosos del tema. Tiene gran fama de diestra operativa que le viene
del propio Zósimo, quien al parecer tuvo en sus manos cierta
obra suya en la que se hacía una pormenorizada descripción
del instrumental en los laboratorios de la época. El propio Panopolita
extractó ciertas partes ese texto, siendo la más conocida
aquella que se refiere a cierto aparato destilatorio denominado Dibikos
o Tribikos (según tuviese dos o tres caños para la destilación):
“He de describiros el tribikos. Porque así
se llama el aparato hecho de cobre y descrito por María, la transmi-sora
del Arte. Dice lo que sigue:
Háganse tres tubos de cobre dúctil
un poco más gruesos que los de una sartén de cobre de
pastelero; su lon-gitud ha de ser aproximadamente de un codo y medio.
Háganse tres tubos así y también un tubo ancho
del ancho de una mano y con una abertura proporcionada a la de la cabeza
del alambique. Los tres tubos han de tener sus aberturas adaptadas en
forma de uña al cuello de un recipiente ligero, para que tengan
el tubo pulgar, y los dos tubos-dedo unidos lateralmente en cada mano.
Hacia el fondo de la cabeza del alambique hay tres orificios ajustados
a los tubos, y cuando se hayan encajado éstos se sueldan en su
lugar, recibiendo el vapor el superior de una manera diferente. Entonces
colocando la cabeza del alambique sobre la olla de barro que contiene
el azufre y tapando las juntas con tapa de harina, colóquense
frascos de cristal al final de los tubos, anchos y fuertes para que
no se rompan con el calor que viene del agua del medio. He aquí
la figura”:
Sherwood Taylor reconstruye en el grabado adjunto el alambique de
María la Judía, sobre un modelo más rudimentario
dibujado sobre 700 años después de que Zósimo
escribiera el texto anterior. Además del baño María,
se atribuye también a esta alquimista del pasado el aparato
conocido entre los griegos como kerotakis o aparato de reflujo.
Georges de Syncelles, cronista bizantino del siglo VIII, presenta
a María como iniciadora de Demócrito a quien conoció
en Menfis en la época de Pericles. En la “Conversación
entre el rey Calid y el Filósofo Mo-rieno”, cuando este
filósofo responde al rey sobre la principal sustancia y Materia
de Magisterio alega la auto-ridad de los antiguos citando en primer
término a Hércules que sería contemporáneo
de María: “El mismo africano dijo a María: nuestra
Agua domina sobre nuestra Tierra, y es grande y luminosa y pura; pues
la Tie-rra ha sido creada de partes, y con las partes más groseras
del Agua”.
El enciclopedista árabe Al-Nadim la cita en su catálogo
del año 897 entre los cincuenta y dos alquimistas famosos
por conocer la preparación de la cabeza o caput mortum.
Parece pues clara la importancia de María la Judía
desde el punto de vista de la práctica operativa, en que
es maestra, y va más allá que lo que se conoce de
los alquimistas griegos.
En los textos de los grandes maestros alquímicos
María es consideraba como un Adepto, todavía Fulcanelli
precisa más, un gran Adepto: “Se disputan los manuscritos
de los grandes adeptos ... Los libros de Morieno, de María la
profetisa”. Estimando que parece fuera de duda que realizó
la Obra: “Cuando los filósofos se reunieron ante María,
algunos de ellos le dijeron: bienaventurada seáis María,
porque el Divino secreto escondido, sea por siempre honrado, os ha sido
revelado”.
Los árabes la conocieron también por Hija de Platón,
nombre que en los textos alquímicos occidentales estaba reservado
para el azufre blanco, primer estado de la tintura al blanco salida
directamente de la flor cuyos cinco pétalos se ven en el grabado
superior. María pasa así a ser identificada con la materia
que trabaja.
El grabado situado a la cabecera de la reseña está
sacado de la plancha 17 del “Viridianum Chymicum” y representa
a Maria Hebraea con la leyenda: “La hierba real triunfante que
es llamada mineral”
Susan Ross ha tratado de indagar sobre la posible existencia real
de esta María la Judía, indicando que en función
de los datos que aportan los llamados “alquimistas griegos”
parece aventurado confirmar que se trata de un personaje de carne
y hueso. En principio no se advierten desvaríos extraños
ni virtudes míticas, claro que Zósimo y compañía
hablaban también con toda naturalidad de Hermes y de otros
personajes míticos. Además no tenemos referencias directas
de nadie que haya sido contemporáneo suyo.
Atendiendo sin embargo a los textos que han llegado a nuestros días
con la firma de María la Judía, presume esta autora,
con todas las reservas sobre estas obras, que estamos ante un personaje
no real. El más importante de todos la “Discursión
entre María, hermana de Moisés, y Arón”,
también conocido como “Práctica de María”
que es el más interesante y el que más datos aporta.
En conjunto, pensamos María la Judía, además
de un personaje real de la más antigua alquimia, podría
haber sido también la firma empleada por uno o varios alquimistas
hebreos anteriores a Zósimo.
Baño María
Cuando se quiere destacar lo elemental de una cosa,
se dice coloquialmente que “es más sencillo que el meca-nismo
de un sonajero”. Bien algo parecido puede decirse cuando se pretende
explicar en que consiste el baño María, pues raro será
encontrar una persona que no lo haya practicado alguna vez. Pero como
creemos conveniente concretarlo siempre al explicar los epónimos
científicos, diremos que se utiliza cuando se quiere calentar
una materia de forma indirecta y uniforme. A tal fin se coloca esta
materia en un recipiente cualquie-ra, que a su vez se sumerge en el
seno de una masa de agua contenida en otro recipiente mayor. Al calentar
este último el agua aumenta su temperatura suave y homogéneamente
e, indirectamente, también lo hace la sustancia en cuestión.
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José María de Jaime Lorén
- jmjaime@uch.ceu.es