Número 5
Junio de 2002

 

Última actualización 18 de junio de 2002
Cine y Prehistoria

Por Dr. Vicent Artur Moreno i Giménez
Profesor de Lengua Valenciana del Departamento de Comunicación e Información Periodística

Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas
Universidad Cardenal Herrera-CEU, Valencia, España

 

Introducción
El cine es una gran fábrica de sueños. Y tiene una historia. Desde hace un siglo se ha transformado en la gran hoguera mágica donde los ancianos del clan contaban las historias que iban creando el imaginario colectivo de los futuros adultos. Había historias que funcionaban y el clan queria volver a oirlas. Otras no tenian tanto éxito y quedaban en el olvido. Al amparo de las grandes lágrimas rojas que subian al cielo, el contador de historias nos hacia llorar, reir, sorprendernos y fascinarnos. Nos transmitia historias: mediante efectos, imágenes, palabras... Hoy dia la hoguera se ha transformado en una pantalla panorámica y la garganta del anciano es ahora una cadena de altavoces que son capaces de hacerte saltar de un asiento anatomíco-envolvente. Pero las historias son las mismas: de guerra, de amor, del bien, del mal... Hemos vivido muchos años, han pasado muchos grupos humanos –aquello que conocemos por civilizaciones- y eso significa que podemos vestir las historias con vestidos del antiguo Egipto, de Grecia, de Roma, de la oscura edad Media Europea, del lejano Oriente, del esplendoroso Renacimiento, de los turbulentos siglos de las cortes europeas, de los sucios fondos de las primeras fábricas, de los horrores de las guerras, de los horrores de las hamburguesas...Esto, es lo global, lo universal. Nos atreveríamos a decir que cada cultura ha desarrollado  otro tipo de mitos propios y que algunos de ellos han estado llevados a la gran pantalla: la cultura americana a convertido en gesta la aventura del Far-West, la francesa ha mostrado el esplendor de su imperio, la italiana ha llevado al límite de lo heroíco una época donde las motos paseaban al lado del Coliseo, los españoles aprovechaban el género histórico para contar cuando no se ponia el sol y no había sombra donde refugiarse... Muchos estados modernos aprovechaban el espectáculo del cine para contar-y mitificar- de la manera más parcial su visión sobre los hechos históricos. En definitiva, los auténticos habitantes de América hacía mucho tiempo que habian descubierto que su tierra era un territorio donde se podía vivir en paz. A pesar de que fueran definidos hasta la saciedad como salvajes en las películas del Far-West.

El atractivo que ejercen sobre nosotros las civilizaciones antiguas, misteriosas y más o menos alejadas en el tiempo, hacían que la indústria cinematográfica americana situara en aquellos contextos las historias que siempre nos han conmovido. Los que tenemos más de 40 años todavía recordamos cuando se apagaban las luces de la sala y las imágenes-las llamas- nos transportaban al Antiguo Egipto, a los horizontes infinitos del Oeste americano, a la Via Apia o al claustro de un monasterio románico. Curiosamente, esta visión provocaba que la mayoría de espectadores creyeran que muchos personajes históricos tenian las facciones de los intérpretes que los encarnaban: así, la reina de Egipto Cleópatra nos la imaginábamos menuda como Liz Taylor, Moisés o Miguel Angel como Charlton Heston, Nerón con la papada de Charles Laugthon, Julio César tan guapo como Paul Newman...

En definitiva, las películas de género histórico, asesoradas o no, han ocupado gran parte de la historia de la cinematografia mundial. Porque la polifonia de la Historia ha generado narraciones y discursos con los cuales la industria del cine se ha alimentado y ha contextualizado los mitos de siempre.

Curiosamente, la industria cinematográfica americana desde el principio, abordó la historia humana como espectáculo. No podia haber película sin espectáculo. En cada producción se había de contar una historia, o unas cuantas historias entrecruzadas. Así, el esplendor de la antigua Roma, los misterios y las intrigas del Egipto faraónico, los dioses de la Grecia más azul... daban lugar a producciones espectaculares, donde el esplendor de Hollywood superaba sin duda cualquier otro imperio.

En busca del espectáculo
¿Pero...qué pasa cuando hay una época donde el género humano era poco abundante, peludo, feo y no pasaba nada? Dicho de otra manera... ¿valia la pena hacer una película de cuando el ser humano pobló la tierra? ¿Hace 80.000 años existian historias interesantes? ¿Valia la pena trasladar la máquina todopoderosa yanqui a territorios cuaternarios? ¿Qué podian contar nuestros ancestros de la Prehistoria?¿Habian tenido ellos, de Prehistoria?

La visión simplista e infantiloide de la industria cinematográfica americana con respecto a la historia universal en algunos casos -a causa de la suya inexistente- se dedicó a crear algunos productos científicamente increibles. La solución para narrar historias de esta época pasó por mezclar seres humanos toscos, semiidiotas o con un extraño parecido con Ken –el novio de la Barbie- con el mundo de los dinosaurios. Total, entre los últimos lagartos terribles y el primer ancestro humano mediaban unos 65 millones de años. No podemos dejar de recordar la fiebre de películas con monstruos que se inició con el King-Kong de los años treinta, y que continuó con la preocupación de una guerra atómica: los japoneses, los más afectados en este sentido, crearon un género de culto donde monstruos salidos de catástrofes nucleares luchaban contra seres humanos. Gotzilla y otras criaturas llenaban así parte del imaginario colectivo occidental en los años 50 y 60. Estas producciones eran tan bajas de presupuesto que en algunas escenas llegaban a verse las cremalleras de los monstruos, cuando se alejaban con paso majestuoso hacia la infinitud del oceáno. Pero tampoco podemos dejar de recordar algunas reminiscencias de la Historia prohibida y posible en algunas producciones de ciencia-ficción llevadas a la gran pantalla: en 2001 Una Odisea del Espacio de Kubrik aparece un chimpancé poderoso blandiendo el primer instrumento de poder: la tíbia. O en El Planeta de los Simios, cuando los únicos humanos conscientes de serlo, descubren que el pasado es un ciclo que se abre, se cierra y se olvida. O la serie Tarzán novelada llevada al cine, donde un hombre mono volvia a la selva para posteriormente ser recuperado.

Así, y exceptuando los films de David W. Griffith de 1912 y 1913, la Formación de un hombre (Mans’s Genesis) y La vida del hombre primitivo (Wars of the Primal Tribes), no encontramos hombres primitivos hasta los años 60 del siglo 20. Pero siempre relacionados con dinosaurios. En 1939 y 1966 llegarían las dos versiones de Hace un millón de años. Con las Criaturas olvidadas del mundo o Cuando las mujeres perdieron la cola, todas plenamente deformadoras de una realidad histórica concreta, comienza un pseudogénero: los films de Prehistoria-ficción, si se nos permite el neologismo.  En Hace un millón de años había una muchacha muy del siglo XX en bañador. Se llamaba Raquel Welch y era una excusa perfecta para aguantar dos horas de luchas contra dinosaurios y aventuras más propias de un parque temático que del ser humano cuaternario.Los monstruos, creados por Ray Harryhausen eran, con todo, lo más atractivo de esta cinta.  Incluso, a la entrada del cine te ofrecían un práctico diccionario prehistórico-español/español prehistórico, que hacía todavia más kitx el film.

Además, existían toda una serie de obras que trataban el período bajo una mirada cómica, desde algunos cortometrajes instructivos de la Disney que mostraban los inicios de la humanidad y sus primeros descubrimientos con ánimos trivializadoramente divulgativos, hasta todo un conjunto de filmes decididamente anticientíficos, que incluian desde la antigua Las tres edades, de Buster Keaton (1923) hasta Cavernícola de Carl Gottlieb (1981), con un divertidísimo Ringo Starr haciendo de hombre peludo y ligón de las cavernas. Pero sin duda el título más sorprendente fue el de Cuando los hombres usaban cachiporra y con las mujeres hacían ding-dong, un auténtico atentado para la historia del cine. Por otra parte, desde 1956, la serie de Hanna-Barberá, Los Picapiedra, interpretaba la Prehistoria y la adaptaba a la America esplendorosa de los seseinta, con su correspondiente versióncinematográfica en los 90. En la televisión, en 1979, se iniciaba un proyecto francés de dibujos animados que en nuestras pantallas se denominó Erase una vez el hombre y que se acercaba a un cierto rigor científico.

Dentro de este contexto, en 1981 surgió una importante excepción: una ficción relativamente seria, documentada y científica sobre la Prehistoria, la película En busca del fuego. Este film resultaba el producto de un trabajo de investigación que sin abandonar una vocación claramente de masa intentaba reconstruir la vida de hace 80.000 años a partir de la búsqueda de material rigurosa y posible. Jean-Jacques Annaud, el realizador del filme, se documentó a fondo rodeándose de los principales especialistas en los distintos campos. Contrató actores no profesionales.  Se le encomendó a Anthony Burgess, el principal estudioso del primitivo idioma indo-europeo, la creación del lenguaje del filme, mientras se contaba con el asesoramiento del antropólogo Desmond Morris (autor de El Mono Desnudo) en todo la concerniente a hechos conductuales. Se estudió el período, las características físicas, tecnológicas, económicas, sociales, religiosas y culturales de la época, y se trabajó el gesto y la palabra. Se elaboró un discurso en defensa de la idea de evolución  del difusionismo cultural. Y se llegó a crear la única ficción seria de toda la historia del cine ambientada enteramente en la Prehistoria, una película que pasa por modelo de invención histórica donde lo probable sustituye a lo seguro. Rodada después de cuatro años de trabajo e investigación, En busca del Fuego, resultó, además, una de las películas más taquilleras de la historia del cine europeo.

Esta película se basó en una novela anterior publicada hacia 80 años. Se trataba de La guerre du feu, de J. H. Rosny Ainé (1846-1940), donde se intentaba sistematizar de una manera científica y seria una época –la Prehistoria- que acababa de descubrirse al mundo occidental. Autor de más de ciento cuarenta obras, consiguió su principal éxito precisamente con La guerre du feu, que vendió millones de ejemplares en todo el mundo: como en toda su producción, mezclaba una refinada fantasía literaria con un cierto cientifismo que se aparecía, ante los aún ingenuos ojos de la época, como de una notable rigurosidad. Nada más alejado de la realidad, porque Rosny hacia que los protagonistas de su historia dijeran discursos brillantes y floridas intervenciones, más propias de una sociedad romántica que de un grupo de hombres y mujeres donde la supervivencia daba poco tiempo para el asueto. El deseo de aventura-en definitiva- hacía que los personajes de Ainé se debatieran entre el refinamiento y la bestialidad. Pero Annaud tenia pruebas que provenian del estudio sistemático, científico y contrastado de aquello que la ciencia ha denominado Prehistoria: sabía cómo podía haber sido el lenguaje de estos seres, los vestidos, el instrumental, las relaciones entre clanes, las interacciones entre una posible convivencía entre  neantertaloides y  cromañoides.

Pero hizo concesiones. Los dos únicos problemas que se le pueden hacer a la versión cientifista de Annaud es en principio la convivencia de tres especies totalmente diferentes de homínidos y la otra el de las localizaciones: espacios donde se superponen zonas húmedas y frías con grandes prados y zonas cálidas y llanas.

El fuego y la palabra
La acción se desarrolla hace 80.000 años, en pleno Paleolítico Medio. Lo que los arqueólogos conocemos como Musteriense. El auténtico protagonista del film será el fuego, conocido en medios arqueológicos desde hace medio millón de años. En la Cova de Bolomor al País Valenciano se han documentado en el estrato XI dos fuegos de forma subcircular de hace 150.000 años.  La narración comienza con la tribu de los Ulam, que conocen el fuego y lo mantienen permanentemente encendido en el interior del cráneo de un animal, hasta que otra tribu guerrera, los Kagabou, se lo roba. Entonces, tres jóvenens guerreros parten en busca de este elemento que es su medio de vida y defensa. Es aquí donde se inician las aventuras y desventuras de estos tres jóvenes que se adentran en un mundo prehistórico desconocido para ellos. En su viaje se enfrentaran a otras culturas más o menos evolucionadas.  Los Ulam son Neanderthales típicos, con un cráneo relativamente bajo, pero con una notable capacidad cerebral, una mandíbula fuerte, prognatismo escaso, bípedos y erguidos. De los tres protagonistas, dos estarán claramente por detrás respecto al líder, al “chico de la película” que une a estas características una capacidad innata para aprender. Además, sus características anatómicas lo acercaran a los rasgos cromañoides.

Lo importante de esta cinta es el contacto, la aculturación, el aprendizaje, el descubrimiento de la risa como característica humana e inteligente, la comunicación entre los tres hombres y el mundo animal a través de la escena en que uno de ellos ofrece al gran mamut unas briznas de hierba. Y Annaud traduce lo banal de estas situaciones en grandes sensaciones de evolución y de comunicación. Pero la metáfora va más allá: una componente de la tribu Ivaka, una mujer, los inicia y les hace descubrir otro mundo: la risa, el paso del sexo animal al amor, y por último a la obtención del fuego. Es curioso y profundamente importante que una mujer enseñe todo esto. El final es una humana mirada de los dos protagonistas, ya como pareja, a una luna llena que anuncia sin duda un nuevo ser que se está gestando en el vientre de la conciencia del género humano. Sin duda, y a pesar de las licencias cronológicas y las concesiones poco científicas, En busca del fuego és la única ficción seria que el cine ha dado hasta hoy sobre la Prehistoria, aquella época donde los hombres usaban cachiporra y con las mujeres hacían ding-dong. Aquella época donde los hombres y las mujeres se reunian alrededor del fuego para contarse las historias cotidianas, las historias de siempre. Exactamente igual que hoy.

Bibliografía

 

© Vicent Artur Moreno i Giménez 2002
Caleidoscopio. Revista del AudioVisual. Universidad Cardenal Herrera-CEU. Valencia.
http://www.uch.ceu.es/caleidoscopio